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17 años después, AC/DC volvió a México con un show potente, nostálgico e imperfecto, pero histórico

La ciudad llevaba 17 años guardando electricidad en el aire, como si alguien hubiera dejado una guitarra conectada esperando el momento exacto para rasgar el primer acorde. Y ese momento, por fin, llegó. AC/DC regresó a México para encender el Estadio GNP Seguros, y la noche prometía ser más que un concierto: una especie de reencuentro emocional entre una banda legendaria y un público que nunca dejó de esperarlos.

La velada arrancó puntual, casi con precisión quirúrgica, a las 7:30 PM. The Pretty Reckless tomó el escenario con una energía que no pidió permiso. Su set, de una hora completa, rompió esa tradición no escrita de los teloneros condenados a los 30 minutos. Hubo espacio para respirar, para conectar, para construir algo más que un simple preámbulo. Y claro, inevitable no pensar en Taylor Momsen, quien alguna vez fue Cindy Lou en How the Grinch Stole Christmas. Viéndola ahí, liderando una banda de rock con esa presencia magnética, parecía que Cindy no solo escapó de Villa Quién, sino que decidió cambiar los villancicos por riffs densos y miradas incendiarias.

Luego vino la espera. Quince minutos que se sintieron como ese silencio antes de la tormenta. Y entonces, el ritual comenzó.

El intro de AC/DC no fue solo una entrada: fue una declaración. Hubo guiños a México, a sus calles, a su identidad, como si la banda quisiera dejar claro que no estaban de paso, sino de regreso. Y con eso, el estadio se convirtió en una caldera.

Durante dos horas, desfilaron cerca de 21 canciones. Un recorrido por décadas de historia, por himnos que han sobrevivido generaciones. Pero también fue evidente que el tiempo, ese enemigo silencioso, ya empieza a cobrar factura. Brian Johnson se mostró entregado, sí, pero también humano. La tos seca aparecía como un invitado incómodo entre canciones, y en varios momentos se recargaba, como si el cuerpo le pidiera tregua. La altitud de la ciudad o simplemente los años podrían explicar ese desgaste.

Y luego llegó ese momento agridulce. Thunderstruck, uno de los pilares del legado de la banda. La interpretación estuvo ahí, el público la sostuvo, la cantó, la gritó… pero los tonos no llegaron completos. Y aunque tal vez pedir perfección sea injusto, escuchar ese himno sin su potencia original deja una pequeña grieta en la experiencia. No rompe la noche, pero sí la matiza.

En cuanto al espectáculo, hubo otro detalle que no pasó desapercibido. Para una banda que escribió Highway to Hell y Hells Bells, uno esperaría fuego, explosiones, una puesta en escena que se sintiera como el mismísimo infierno abriéndose bajo el escenario. Pero la pirotecnia fue medida, casi tímida. Algunas llamaradas dispersas durante el show y un cierre más encendido, sí, pero lejos de ese impacto visual que otras bandas del mismo calibre suelen ofrecer.

Aun así, hubo momentos que no se pueden medir en producción. La emoción de Brian Johnson era palpable. México no fue solo una parada más: fue un lugar que le tocó algo profundo. Cuando tomó la bandera mexicana y la besó, el gesto se sintió genuino, casi íntimo en medio de miles de personas. Incluso se permitió hablar, lanzar comentarios sobre quienes hablan mal del país, dejando claro que su experiencia aquí contaba otra historia.

Al final, más allá de los detalles técnicos, de las notas que no llegaron o del fuego que faltó, lo que quedó fue algo más grande: la sensación de estar presenciando el cierre de un ciclo. Tal vez una de las últimas veces que AC/DC pisa suelo mexicano.

Y eso lo cambia todo.

Porque entonces ya no estás solo en un concierto. Estás en una despedida. En una página final escrita con guitarras, sudor y memoria colectiva. Una noche histórica, imperfecta, humana… y precisamente por eso, inolvidable.

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Hugo Gava

Creador libre de etiquetas, todologo de tiempo completo. Así como me encuentras en el cine disfrutando de una buena película me puedes encontrar en un concierto o festival de música. Haciendo historia #ALoLoco