Hay discos que no solo se escuchan, se sienten como un pulso en la piel. “DESDE EL COMA”, el segundo álbum de Bruses, es uno de ellos: una confesión envuelta en beats oscuros, destellos pop y la dulzura áspera de quien sobrevivió a un abismo.
Bruses murió por tres minutos, y en ese silencio profundo nació la semilla de este álbum. Tardó tres años en germinar, en transformarse en canciones que se sienten como cicatrices convertidas en glitter: visibles, brillantes, imposibles de ignorar.
Cada tema es como abrir el diario secreto de una chica que sabe reír con ironía, llorar sin miedo y bailar aunque el mundo se derrumbe. “I’M SO HAPPY” es la sonrisa impostada en medio del caos, “COMA PARTY” es un sueño turbio con luces estroboscópicas, y “QUERIDA AMALIA:” se siente como esa carta que nunca te atreviste a mandar, llena de ternura y dolor.
En “MALEFIKA” Bruses juega a ser poderosa, casi como si se pintara los labios de rojo frente al espejo para recordarse que todavía brilla. Y en “ME ESTOY RINDIENDO am0r :(” se desnuda con una vulnerabilidad que duele, como cuando confiesas algo en voz bajita solo a alguien en quien confías de verdad.
El cierre, “así suena mi mente.”, es un susurro largo y sincero: un mapa de luces y sombras que invita a mirar dentro de una mente que nunca dejó de crear, incluso en medio del silencio del coma.
Visualmente, el universo de Bruses está pintado de colores surrealistas, entre gótico y pastel. Se siente como si Tim Burton hubiera bordado los sueños de una chica que escucha pop alternativo a la luz de una vela rosa. Todo aquí es contraste: la dulzura con lo crudo, lo tierno con lo feroz.
“DESDE EL COMA” no es solo un disco: es un renacimiento contado en canciones, una declaración de que la vulnerabilidad también es poder. Y escuchar a Bruses es como tomarse de la mano con alguien que ya caminó por la oscuridad y regresó con flores en el cabello.

