Hay algo profundamente irónico en presumir un Mundial «compartido» cuando, al final, uno de los anfitriones terminó siendo un invitado más. México abrió las puertas, puso estadios, historia y afición. Pero cuando llegó el momento de la gran final, simplemente desapareció del mapa. El partido más importante del torneo se jugó lejos del país que lleva décadas respirando fútbol como una religión.
Sí, México fue anfitrión. Pero nunca fue protagonista.
Y ese quizá sea el mayor resumen de un torneo que, desde el primer día, dejó claro quién mandaba.
Estados Unidos ganó el Mundial como organizador. Llenó estadios, concentró los reflectores, recibió la final y convirtió el torneo en otro de sus grandes espectáculos comerciales. México, en cambio, perdió como empresario. Las expectativas económicas nunca terminaron de cumplirse y el impacto que se prometía quedó lejos de lo imaginado.
La ceremonia de clausura terminó por confirmar esa sensación. Fría, excesivamente agringada y construida como un show de entretenimiento antes que una celebración del fútbol. Hubo luces, pantallas y producción, pero muy poca identidad.
Resulta complicado pedirle a un país cuya identidad deportiva gira alrededor de otros espectáculos que construya una ceremonia capaz de representar la esencia cultural del fútbol. La diferencia se notó.
El intento de incluir el componente latino terminó recayendo casi por completo en Shakira. Una artista gigantesca que hizo lo que pudo, pero cuya presencia terminó sintiéndose más como un recurso para cumplir una cuota que como un verdadero homenaje a la diversidad cultural del continente.
Y luego llegó el espectáculo de medio tiempo.
Lo que durante décadas fue uno de los pocos espacios donde el fútbol conservaba su propio ritmo terminó convertido en otro producto listo para vender patrocinadores, audiencias y minutos de televisión. La FIFA confirmó que su obsesión por comercializar cada segundo del torneo sigue creciendo, incluso si eso significa modificar tradiciones que hacían especial a una Copa del Mundo.
El fútbol nunca necesitó un medio tiempo convertido en concierto para ser una fiesta. La fiesta siempre estuvo en la cancha y en las tribunas.
Si tuviera que elegir mi momento favorito de la clausura, sería cuando terminó.
Canadá también dejó dudas dentro de esta organización tripartita. Aunque aportó sedes y logística, sigue siendo un país donde el fútbol aún está lejos de ocupar el lugar que tiene en otras naciones del continente. Su presencia respondió más a una estrategia de expansión del torneo que a una tradición futbolística consolidada.
Al final queda una sensación difícil de ignorar.
Este no fue el Mundial de México.
Fue el Mundial de Estados Unidos, compartido administrativamente con sus vecinos. México recibió algunos partidos, puso su pasión y su experiencia organizando Copas del Mundo, pero las decisiones importantes, los grandes escenarios y el protagonismo permanecieron del otro lado de la frontera.
México no necesita volver a organizar un Mundial para demostrar que sabe hacerlo. Lo que necesita es recuperar el peso que alguna vez tuvo dentro de la conversación futbolística global y dejar de conformarse con ser sede secundaria de un espectáculo cuyo centro nunca estuvo aquí.
Porque un país que vive el fútbol como pocos merece mucho más que ser un invitado en su propia casa.
