La noche del 18 de septiembre en el Estadio GNP Seguros se volvió un capítulo más en la historia infinita de Shakira en México: su doceavo concierto en ese recinto vibró como un secreto compartido entre amigas, como si cada canción fuera una confesión en voz alta.
Pasadas las 9:30 de la noche, la luz se hizo música y, con ella, comenzó un viaje que duraría poco más de dos horas. Los visuales proyectaban efectos de profundidad que parecían abrir túneles hacia otros mundos, mientras sus múltiples cambios de vestuario la transformaban una y otra vez: diosa, guerrera, musa. Cada versión de Shakira era un espejo distinto en el que podíamos reflejarnos.
El momento más inesperado llegó cuando invitó a Danna al escenario. Juntas cantaron “Soltera” y la energía femenina se desbordó como un grito alegre, libre, rebelde. Poco después, el corazón mexicano fue acariciado con un homenaje a Javier Solís: Shakira, envuelta por un mariachi, entonó con respeto y dulzura, como si tejiera un puente entre la nostalgia y la modernidad.
Entre canciones, se detuvo para hablar de lo que significa ser mujer: del poder que tenemos al reconocernos, al apoyarnos, al levantar la voz. Sus palabras fueron un recordatorio brillante de que el empoderamiento femenino no es un discurso, sino una manera de bailar la vida.
Esa noche, el estadio no solo fue testigo de un concierto: fue un universo femenino que latió al ritmo de Shakira, con luces, recuerdos y fuerza que nos seguirán iluminando mucho después de que las notas se apagaran.
