Treinta y un años después de que Toy Story revolucionara la animación, la franquicia regresa con una quinta entrega dirigida por Andrew Stanton y McKenna Harris, en una historia que busca enfrentar a los juguetes contra un rival muy distinto al de cualquier película anterior: la tecnología.
Han pasado siete años desde Toy Story 4. Dentro del universo de la saga también ha transcurrido tiempo. Woody ya vive lejos del cuarto de Bonnie tras despedirse de Buzz y el resto de sus amigos, mientras Bonnie ha crecido un poco más y, como muchos niños de su generación, ahora divide su atención entre sus juguetes y una tableta. Ese cambio es el punto de partida de una historia que habla sobre cómo juegan las nuevas generaciones y qué lugar ocupan los juguetes en un mundo dominado por las pantallas.
Desde los primeros minutos hay un mensaje que se siente casi como una broma con doble filo: esta película parece decirle directamente a quienes crecieron con la original que ya dejaron de ser los niños de la habitación. La generación que conoció a Woody y Buzz ahora es adulta, y el conflicto gira alrededor de los famosos «iPad Kids», una realidad que prácticamente ningún millennial y apenas una parte de la Generación Z vivió durante su infancia. Es una forma curiosa, y hasta un poco sarcástica, de recordarnos que el tiempo también pasó para nosotros.
Eso mismo provoca uno de los aspectos más interesantes, pero también más divisivos de la película. El conflicto principal depende mucho del contexto social. En países o familias donde una tableta es parte de la vida cotidiana, la historia resulta cercana. Sin embargo, en gran parte de Latinoamérica y otros lugares donde muchas familias de clase media o baja ni siquiera tienen acceso a un dispositivo de este tipo, el problema pierde fuerza. No porque esté mal contado, sino porque simplemente no representa la realidad de millones de niños.
Aun así, la película toca temas muy actuales: la dependencia a las pantallas, el bullying, la ansiedad infantil, las dificultades para hacer amigos y el miedo a quedarse solo. Son problemáticas que cada vez aparecen con mayor frecuencia y que Pixar logra integrar con bastante sensibilidad dentro de una aventura familiar.
Quien realmente roba reflectores es Jessie. Después de años siendo un personaje secundario, por fin recibe el desarrollo que merecía. La película profundiza en su pasado, en aquello que la motiva y en sus propios conflictos, convirtiéndola prácticamente en la protagonista emocional. De hecho, por momentos da la impresión de que esta historia habría funcionado todavía mejor como una película centrada únicamente en Jessie. Buzz tuvo Lightyear para explorar su origen, pero Jessie y el propio Woody nunca recibieron un proyecto similar.
Woody también tiene un papel muy simbólico. Representa perfectamente a esa generación que vio la primera Toy Story en el cine. Su presencia funciona como un espejo para el público adulto: ya no somos los niños que jugaban con juguetes, sino quienes empiezan a parecerse más a los papás de aquellos niños. Es un guiño divertido, aunque también un pequeño recordatorio de que el tiempo no perdona.
Sobre Bonnie, hay un detalle que resulta interesante. Su personalidad podría dar pie a distintas interpretaciones. Su dificultad para relacionarse con desconocidos, su imaginación y ciertos comportamientos recuerdan características que algunas personas podrían asociar con el espectro autista. La película nunca lo confirma ni parece plantearlo explícitamente, por lo que termina siendo una lectura posible más que una intención evidente.
Donde la historia sí genera algunas dudas es con los nuevos personajes tecnológicos. Lilypad, Atlas, Smarty Pants y Snappy nunca terminan de sentirse completamente integrados al universo de Toy Story. Resulta extraño aceptar que una tableta pueda moverse sola, enviar mensajes, controlar tantas funciones y seguir operando prácticamente sin depender de conexión o alguna explicación clara. Es uno de esos elementos que cuesta creer incluso dentro de una saga donde los juguetes cobran vida.
En contraste, los nuevos Buzz Lightyear actualizados son una idea brillante. Convertirlos en una especie de drones inteligentes funciona muy bien dentro de la historia y, siendo sinceros, también parece un enorme acierto de mercadotecnia para Disney. Son de esos juguetes que uno termina queriendo comprar apenas salen de la sala.
Una ausencia que sí pesa bastante es la de Ducky y Bunny. Su humor irreverente fue una de las mejores sorpresas de Toy Story 4, por lo que reducirlos prácticamente a un cameo termina sintiéndose como una oportunidad desperdiciada.
Tampoco convencen demasiado los llamados invitados especiales. Las participaciones de Bad Bunny, Bizarrap y Penélope Cruz pasan casi desapercibidas. Más que enriquecer la historia, dan la sensación de haber sido incorporadas para justificar su presencia, sin un impacto real en la trama.
En conclusión, “Toy Story 5” es una película con mucho corazón y varios mensajes relevantes sobre la infancia actual, el paso del tiempo y la forma en que nos relacionamos con la tecnología. Sin embargo, también es una entrega que depende demasiado de un contexto muy específico y que, por momentos, parece debatirse entre querer ser una nueva aventura de Toy Story y una historia dedicada a Jessie.
No alcanza el impacto emocional de las primeras entregas, pero tampoco traiciona el espíritu de la franquicia. Más bien funciona como una carta dirigida a dos generaciones distintas: a los niños que crecieron con una tableta en las manos… y a quienes crecimos sosteniendo un Woody o un Buzz, recordándonos que, aunque ya no juguemos con ellos, nunca dejamos de llevar un pedacito de esa habitación con nosotros.
