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Nadie Nos Va A Extrañar T2: El recordatorio de que nadie quiere ser adulto

Hay series que llegan en el momento exacto para convertirse en un pequeño refugio generacional. Nadie Nos Va A Extrañar fue una de ellas. La producción mexicana regresa con una segunda temporada que retoma a sus protagonistas en plena adolescencia, en un México de mediados de los 90 marcado por los cambios políticos, la incertidumbre económica y las heridas que dejó la crisis de 1994.

La serie, creada por Gibrán Portela y dirigida por Sebastián Sariñana, vuelve a apostar por esa combinación de coming-of-age, comedia, drama y nostalgia que convirtió a su primera temporada en un fenómeno entre quienes encontraron en sus personajes un reflejo de sus propias experiencias. El elenco vuelve a reunir a jóvenes talentos como Nicolás Haza, Axel Madrazo, Virgilio Delgado, Macarena Oz, José Antonio Badía y Ella Valim, entre otros, mientras la historia amplía sus conflictos y divide su narrativa en varias pequeñas historias.

Y quizá ahí está uno de los mayores encantos de esta temporada: Nadie Nos Va A Extrañar entiende que crecer nunca ocurre de una sola manera.

Para quienes vivieron aquella época, la continuación llega acompañada de una sensación agridulce. La nostalgia por los amigos, los primeros amores, las fiestas y esa sensación de que el mundo todavía estaba por comenzar convive con el recuerdo social de un México golpeado por la crisis del 94 y por todo lo que significó el cambio de gobierno. La serie consigue recuperar parte de ese ambiente de incertidumbre sin convertirlo completamente en el centro de la historia.

Para los más jóvenes, en cambio, la serie funciona como un espejo. Cambian los celulares, las canciones, la ropa y las formas de comunicarnos, pero la adolescencia sigue teniendo los mismos fantasmas: querer encajar, enamorarse de quien no corresponde, sentirse perdido, pelear con los amigos y creer que cada problema es el fin del mundo.

Y para quienes ya pasamos por ahí, existe algo todavía más doloroso: reconocer que aquellos días que alguna vez quisimos que terminaran ahora son precisamente los que quisiéramos recuperar. Porque, bien lo dice la propia serie: nadie quiere ser adulto.

También hay que aplaudir una de las decisiones más acertadas de Nadie Nos Va A Extrañar: su casting. La serie no cae en el cliché de presentar una adolescencia protagonizada únicamente por jóvenes blancos, perfectos y privilegiados que parecen sacados de un catálogo. En cambio, construye un grupo que se siente mucho más cercano a la realidad mexicana: diferentes rostros, personalidades, contextos y formas de relacionarse que hacen que el grupo parezca realmente una generación y no un desfile de estereotipos. Hay algo muy valioso en ver una preparatoria que se siente habitada por personas que reconocemos, y no por una versión aspiracional de la adolescencia. Desde la dirección de casting, esta elección merece reconocimiento porque ayuda a que la serie conecte justamente desde lo cotidiano y lo imperfecto, haciendo que sea mucho más fácil encontrar un pedacito de nosotros mismos en alguno de sus personajes.

Sin embargo, esta temporada no está exenta de tropiezos. La historia se divide en múltiples mini-historias y mientras algunas consiguen desarrollarse con naturalidad, otras parecen pasar demasiado rápido por conflictos que necesitaban mayor profundidad. En ciertos casos, incluso se siente que determinados giros fueron forzados para otorgarles más protagonismo, provocando que algunas situaciones pierdan la espontaneidad que caracterizaba a la primera entrega.

Y cuando una serie apuesta tanto por la nostalgia, la ambientación se vuelve especialmente importante. Aquí aparecen varios detalles que pueden sacar de la historia a quienes conocen bien los 90.

Hay automóviles que pertenecen a décadas anteriores, expresiones que no corresponden del todo al lenguaje que se utilizaba en aquella época, elementos presentados como productos inexistentes o difíciles de conseguir cuando sí formaban parte del consumo cotidiano, y hasta referencias sociales que parecen más propias de la manera actual de hablar que de los adolescentes de entonces. También hay detalles curiosos como el tratamiento de ciertas palabras, los dulces estadounidenses presentados bajo la idea de que no estaban disponibles, la representación del Error de Diciembre sin considerar del todo su impacto temporal en la preparatoria y hasta la aparición de “Vivo” de Fobia antes de que la canción existiera.

Lo mismo sucede con el formato musical: en una historia ambientada en los 90 resulta extraño ver tanto protagonismo de los vinilos cuando el CD ya formaba parte del consumo musical de buena parte de los jóvenes. Y algo similar ocurre cuando se utiliza “clases privilegiadas” en lugar de expresiones mucho más naturales para la época, como llamar a alguien fresa o simplemente decir que era rico.

Son pequeños detalles, sí, pero cuando la nostalgia es uno de los pilares de la serie, terminan pesando.

Entre los personajes que mejor funcionan está Mariana, interpretada por Ella Valim. Cada vez que aparece existe una necesidad casi inmediata de abrazarla y decirle que todo va a estar bien. Su inocencia no se siente construida desde la ingenuidad artificial, sino desde una personalidad genuina, pura y profundamente emocional. Mariana representa esa parte de la adolescencia que todavía quiere creer que las personas son buenas y que las cosas pueden arreglarse.

Por otro lado, resulta extraño cómo la serie maneja lo ocurrido con Memo. Su ausencia, que podría haber tenido un peso enorme sobre los personajes y sobre la narrativa, queda relegada a menciones ocasionales. Literalmente pareciera que decidieron ser fieles al título y nadie lo va a extrañar. Su historia aparece como argumento para explicar determinadas situaciones, pero rara vez se siente como una herida verdaderamente presente.

También está Tenoch, cuya evolución resulta particularmente desconcertante. Después de conocerlo como un personaje mucho más frío, dominante y prácticamente dictatorial, ahora nos encontramos con alguien mucho más blando, triste y solitario. Su conflicto amoroso ya había sido adelantado anteriormente, pero en esta temporada se lleva a un punto donde algunas de sus decisiones se sienten más forzadas que orgánicas. El cambio no es necesariamente malo, pero sí necesitaba una transición más convincente.

La música continúa siendo fundamental para construir la identidad de Nadie Nos Va A Extrañar. En algunos momentos funciona de maravilla y consigue transportar directamente a la época, mientras que en otros se convierte en un recurso demasiado evidente. Hay canciones que, además, rompen completamente la cronología. El ejemplo más evidente es “Ciega, Sordomuda” de Shakira, lanzada hasta 1998, cuando la historia todavía se encuentra en un periodo anterior.

Y hablando de la edición, hay momentos que simplemente sacan una ceja de su sitio. Uno de los clips acompañados por una canción de Gianluca Grignani tiene problemas evidentes de continuidad y montaje, al grado de que termina pareciendo una parodia involuntaria. A eso se suma el abuso del zoom in y zoom out para intentar darle dinamismo a determinadas escenas. El recurso aparece tantas veces que eventualmente deja de sentirse estilístico y comienza a sentirse como un tic de edición.

A pesar de todo, hay algo que la segunda temporada entiende muy bien: la nostalgia no consiste únicamente en recuperar objetos, canciones o referencias de una época. También consiste en recuperar una emoción.

Nadie Nos Va A Extrañar sigue hablando de crecer cuando todavía no sabemos qué significa crecer. De amistades que creemos eternas, de amores que parecen imposibles, de decisiones que en ese momento parecen gigantescas y de la sensación de que tenemos todo el tiempo del mundo para descubrir quiénes somos.

En conclusión, la segunda temporada de Nadie Nos Va A Extrañar está lejos de ser perfecta. Sus problemas de ambientación, algunos cambios de personajes, la desigualdad entre sus mini-historias y ciertas decisiones musicales y de edición le restan fuerza a una propuesta que podría ser mucho más precisa. Sin embargo, conserva algo difícil de fabricar: corazón. Y quizá por eso funciona. Porque debajo de los errores de continuidad, los anacronismos y los giros que no terminan de convencer, sigue existiendo esa sensación incómoda y bonita de mirar hacia atrás y pensar que, aunque en aquel momento queríamos crecer desesperadamente, quizá hubiéramos dado cualquier cosa por quedarnos un poquito más.

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Hugo Gava

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