Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos y hay otras que, de alguna manera, continúan viviendo dentro de una. Mary y Max pertenece definitivamente a las segundas.
Estrenada originalmente en 2009 y dirigida por el australiano Adam Elliot, Mary y Max fue el primer largometraje del cineasta después de ganar el Oscar por su cortometraje Harvie Krumpet. La película cuenta la historia de Mary Dinkle, una niña solitaria que vive en Melbourne, Australia, y Max Horowitz, un hombre adulto que vive completamente aislado en Nueva York. Dos personas que, en circunstancias normales, probablemente jamás se habrían encontrado terminan construyendo una amistad a través de cartas que se extiende durante más de dos décadas.
Y sí, la historia tiene un punto de partida bastante real. Max está inspirado en el amigo por correspondencia que Elliot tuvo en Nueva York durante más de 20 años. El propio director ha explicado que encontró una caja llena de las cartas que había recibido de él y decidió volver a leerlas. Cinco años después, aquella correspondencia había terminado convertida en película.
Pero Mary y Max no es una película hecha simplemente con plastilina. Es una película construida a mano.
Elliot utiliza stop motion, animando físicamente muñecos y escenarios cuadro por cuadro. La producción requirió más de 57 semanas de rodaje, 212 marionetas, 133 sets y 475 props en miniatura. Incluso la máquina de escribir de Max fue diseñada y construida específicamente para la película y tomó alrededor de nueve semanas. El resultado conserva deliberadamente las huellas de lo artesanal: las pequeñas imperfecciones, las texturas y esa sensación de estar viendo algo tangible en lugar de una imagen completamente digital.
En total, Elliot y su equipo pasaron alrededor de cinco años escribiendo, preparando y realizando la película.
Y quizá no existe una mejor forma de explicar por qué ese proceso era necesario: Mary y Max habla precisamente de personas imperfectas tratando de construir algo hermoso con los pedazos que tienen.
Dos soledades que se encuentran
Mary y Max son dos historias igualmente tristes, aunque cada una encuentra su propia manera de serlo.
Mary crece sintiéndose diferente, poco querida y fuera de lugar. Max, por su parte, vive atrapado en una rutina marcada por la soledad, la ansiedad, la depresión y las dificultades para relacionarse con los demás.
Lo interesante es que Elliot nunca intenta convertirlos en personajes completamente «curados». No existe una transformación mágica en la que uno encuentre finalmente la vida perfecta. Lo que encuentran es algo mucho más pequeño y, precisamente por eso, mucho más importante: alguien que los escucha.
Es muy probable que alguna de las dos historias termine tocando una fibra demasiado específica. Quizá por una experiencia propia, quizá por alguien que conocimos, quizá simplemente por reconocer esa sensación de estar rodeados de personas y aun así sentirnos completamente solos.
La amistad entre ambos es improbable, incómoda, extraña y maravillosa. Y tampoco es perfecta. Se equivocan, se lastiman, se decepcionan y en algún momento incluso dejan de hablarse.
Pero justamente ahí está una de las ideas más bonitas de la película: una amistad no tiene que ser perfecta para ser especial.
Dos mundos, dos colores
Elliot también cuenta esta historia a través del color.
Australia y Nueva York parecen existir en universos diferentes. Melbourne está construida con tonos sepia, mientras que Nueva York se mueve entre negros, blancos y grises. Ninguno de los dos lugares es particularmente colorido o luminoso. Son espacios apagados, casi deslavados, como si visualmente compartieran la tristeza de quienes los habitan.
Pero dentro de estos mundos monocromáticos existe un pequeño elemento que termina conectando a Mary y Max: el rojo.
Uno de los detalles más bonitos es el pompón rojo del kipá de Max. Es pequeño, pero funciona casi como un hilo visual que atraviesa ambos mundos y recuerda que, aunque estén separados por miles de kilómetros, existe algo que los conecta.
Elliot consigue que la paleta no sea simplemente estética. Los colores también cuentan la historia.
Una película que habla de cosas que todavía incomodan
Que Mary y Max sea animada puede llevarnos fácilmente a pensar que estamos frente a una película infantil.
No.
Definitivamente no.
La película aborda alcoholismo, depresión, soledad, suicidio, discapacidad, ansiedad, exclusión social, sexualidad, homosexualidad y diferentes formas de violencia emocional. Desde 2009, Elliot ya hablaba de su intención de utilizar la animación para abordar temas que normalmente quedarían fuera de las historias consideradas «familiares».
También hay una postura política y religiosa muy clara detrás de algunas de sus decisiones. Elliot es abiertamente gay y ateo, y esa mirada atraviesa su obra. En Mary y Max aparecen personajes homosexuales y una crítica constante a la religión organizada, particularmente a través de la manera en que algunos personajes utilizan la fe para imponer determinadas ideas sobre cómo debería vivir una persona.
No se trata simplemente de poner personajes LGBT+ como decoración dentro de la historia. Forman parte de ese universo de personas que han sido consideradas «diferentes» y que Elliot coloca justamente en el centro de sus películas.
Años después, el propio director ha hablado abiertamente de cómo su experiencia con la religión y su ateísmo han influido en su obra y en su cuestionamiento de las instituciones religiosas.
Y esto resulta especialmente interesante porque Mary y Max está llena de personajes que podrían ser juzgados fácilmente por aquello que los hace distintos. Elliot hace exactamente lo contrario: los observa.
El tiempo que se nos escapa
Quizá lo que más duele de Mary y Max es que, mientras vemos crecer a Mary y envejecer a Max, también estamos viendo pasar el tiempo.
La película transcurre entre finales de los setenta y finales de los noventa, pero muchas de las emociones que plantea siguen sintiéndose tremendamente actuales. La soledad, la dificultad para conectar, la necesidad de sentirse comprendido, el miedo al rechazo y la búsqueda de felicidad siguen ahí.
Lo que sí cambió fue la manera de comunicarnos. Hoy una persona puede estar a miles de kilómetros y responder en cuestión de segundos. Mary y Max necesitaban papel, sobres, estampillas y paciencia.
Y quizá esa lentitud hace que cada carta importe muchísimo más.
Porque la película también funciona como una pequeña advertencia: el tiempo no es infinito.
Las personas llegan a nuestra vida y también pueden irse. Algunas desaparecen lentamente, otras lo hacen de golpe y algunas simplemente dejan de estar cuando creemos que todavía tendremos muchísimo tiempo para decirles algo.
Mary y Max entiende que, a veces, descubrimos el valor de una persona cuando ya es demasiado tarde.
Y entonces aparece un hot-dog de chocolate
Pero Elliot tampoco permite que todo sea tristeza.
Entre tanta oscuridad aparecen pequeños momentos absurdos, tiernos y profundamente humanos. Como el famoso hot-dog de chocolate de Max.
Porque quizá esa es otra de las grandes lecciones de la película: la felicidad no siempre aparece en los grandes acontecimientos. A veces está escondida en una conversación, una carta, un chocolate, un programa de televisión o una pequeña rutina que nos hace sentir seguros.
Tal vez no necesitamos que nuestra vida sea perfecta.
Tal vez necesitamos encontrar esas pequeñas cosas que hacen que valga la pena seguir mirando hacia adelante.
Y quizá, en el universo de Max, eso puede ser perfectamente un hot-dog de chocolate.
«Todos los humanos somos imperfectos»
Hay una frase de la película que resume buena parte de lo que Elliot quiere decir:
«La razón por la que te perdono es porque no eres perfecta, eres imperfecta, como yo. Todos los humanos somos imperfectos.»
Es probablemente mi frase favorita de la película porque elimina esa idea tan complicada de que para querer a alguien necesitamos encontrar una versión perfecta de esa persona.
No.
Somos contradictorios. Nos equivocamos. Tenemos defectos. Podemos lastimar a quienes queremos. Podemos tener miedo. Podemos arrepentirnos.
Y aun así podemos querer y ser queridos.
Una pequeña grieta en una película enorme
No todo funciona a la perfección.
La película tiene algunos errores de continuidad, cronología y temporalidad que pueden sacar momentáneamente de la experiencia a quienes estén muy atentos. Hay elementos que no corresponden exactamente con el periodo en el que se desarrolla la historia, desde ciertos objetos y productos hasta detalles tecnológicos y médicos. También existen pequeños errores de continuidad y geografía.
No destruyen la película, pero sí dejan algunas preguntas flotando sobre cuándo exactamente ocurre determinada escena o cómo encajan ciertos elementos dentro de la línea temporal.
Y quizá resulta curioso que una película tan obsesionada con el paso del tiempo tenga precisamente algunos tropiezos con él.
17 años después, finalmente en México
Quizá uno de los detalles más curiosos de esta película para el público mexicano es que Mary y Max tardó 17 años en llegar oficialmente a nuestras salas.
La película se estrenó originalmente en 2009, pero nunca tuvo un estreno comercial en México. Ahora, después de la recepción que tuvo Memorias de un caracol, el trabajo más reciente de Adam Elliot, Mary y Max finalmente llegará al país.
Su estreno mexicano está programado para el 24 de septiembre de 2026, como parte de la programación de Sala de Arte Cinépolis.
Y resulta casi poético que haya sido precisamente el éxito de Memorias de un caracol el que ayudara a abrirle finalmente la puerta a su hermana mayor.
Una carta que tardó 17 años en llegar
Ver Mary y Max en 2026 también cambia ligeramente la experiencia.
Ya no estamos viendo simplemente una película de animación de 2009. Estamos viendo una historia que esperó casi dos décadas para encontrar a su público mexicano.
Y eso hace que su mensaje sobre el tiempo resulte todavía más fuerte.
Mary y Max comenzaron su amistad escribiéndose cartas porque no tenían otra manera de acercarse. Adam Elliot convirtió una amistad real de más de 20 años en una historia animada. La película esperó 17 años para llegar a México. Y ahora somos nosotros quienes recibimos aquella carta.
Una carta hecha de plastilina.
En conclusión, Mary y Max es una película triste, pero no necesariamente una película pesimista.
Es una historia sobre personas rotas que no necesariamente necesitan ser reparadas. Sobre dos individuos que encuentran compañía sin dejar de ser quienes son. Sobre aceptar que las personas pueden ser imperfectas y aun así convertirse en algo extraordinario para nosotros.
También es una película sobre el tiempo: sobre lo mucho que cambia una persona mientras pasan los años y sobre cómo algunas relaciones sobreviven precisamente porque alguien decidió escribir una carta cuando podía haber elegido no hacerlo.
Adam Elliot toma dos mundos grises, dos vidas solitarias y una amistad improbable para construir una historia que, pese a estar situada décadas atrás, todavía encuentra dónde tocar el presente.
Y quizá esa sea la magia de Mary y Max: recordarnos que no siempre necesitamos grandes respuestas para encontrar felicidad. A veces necesitamos una persona que nos entienda. Una carta que llegue en el momento correcto. Un pequeño detalle rojo en medio de un mundo gris.
O, si todo lo demás falla, un hot-dog de chocolate.
