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La Guerra de los Últimos: Cuando sobrevivir ya no es suficiente

¿Qué pasaría si una enfermedad acabara con prácticamente toda la humanidad? No hablamos de una pandemia que obligue a encerrarnos unos meses, hacer videollamadas con la familia y aprender a preparar café de especialidad en casa. Hablamos de una enfermedad que realmente cambiara para siempre la estructura de la sociedad.

Esa es la premisa que plantea La Guerra de los Últimos (The Dog Stars), una película dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Jacob Elordi, Josh Brolin y Margaret Qualley, basada en la novela homónima publicada en 2012 por el escritor estadounidense Peter Heller.

La historia sigue a Hig, un piloto que sobrevive en un pequeño aeropuerto de Colorado después de que una pandemia prácticamente acaba con la civilización. Acompañado por su perro Jasper y por Bangley, un hombre obsesionado con la supervivencia y preparado para defenderse de cualquiera, Hig vive bajo una rutina de vigilancia, vuelos y búsqueda de recursos.

Hasta que una transmisión de radio despierta en él la posibilidad de que todavía exista algo más allá de ese pequeño mundo que ha construido.

Y entonces comienza el verdadero viaje.

Porque La Guerra de los Últimos no solamente quiere preguntarnos cómo sobreviviríamos al fin del mundo, sino algo mucho más interesante: ¿qué haríamos después de sobrevivir?

Una licuadora postapocalíptica

Ver La Guerra de los Últimos es un poco como meter en una licuadora varias de las películas distópicas más reconocibles de los últimos años, ponerla a máxima potencia y esperar a ver qué sale.

Hay un poco de Soy Leyenda, otro tanto de Mad Max, ciertas vibraciones de Guerra Mundial Z y toda esa colección de elementos que ya forman parte del ADN del cine postapocalíptico: ciudades abandonadas, comunidades aisladas, personas desesperadas, armas, enfermedades, vehículos convertidos en herramientas de supervivencia y, por supuesto, gente que decidió que el apocalipsis era una excelente oportunidad para dejar de comportarse como gente.

Pero lo interesante es que la película no plantea una única forma de reaccionar ante el colapso.

Nos presenta, dentro de una misma historia, diferentes modelos de supervivencia.

Tenemos comunidades organizadas alrededor del poder y los recursos, prácticamente convertidas en nidos de buitres; grupos que viven bajo reglas propias; personas que intentan reconstruir alguna forma de sociedad y, en el extremo contrario, individuos que han abandonado prácticamente cualquier estructura civilizada para actuar desde sus instintos más básicos.

Es decir, la película parece preguntarse: ¿Qué versión de nosotros mismos aparecería cuando ya no existieran las reglas? Y las respuestas no son precisamente alentadoras.

El apocalipsis que se siente demasiado familiar

Quizá uno de los mayores aciertos de The Dog Stars es que su pandemia no funciona únicamente como una excusa para destruir el mundo.

El escenario resulta inquietante porque no se siente completamente fantástico.

Después de haber vivido una pandemia global, hay elementos que adquieren una lectura distinta. Una escena particularmente curiosa ocurre cuando aparece un termómetro digital infrarrojo.

Puede parecer un objeto completamente insignificante dentro de una película de ciencia ficción, pero para quienes vivimos los años del COVID-19 resulta casi una máquina del tiempo.

Verlo aparecer provoca inmediatamente esa sensación de: “No puede ser… otra vez este maldito aparato.”

Y, paradójicamente, termina siendo uno de los momentos más divertidos de la película porque nos recuerda que, de alguna manera, nosotros también atravesamos nuestro pequeño apocalipsis.

No tuvimos que pelear por combustible en un mundo destruido, pero sí tuvimos termómetros infrarrojos, gel antibacterial, cubrebocas y la extraña habilidad de convertir una videollamada en una actividad social.

La avioneta que desafía las leyes de la física

Ahora hablemos de uno de los personajes secundarios más importantes de la película: la avioneta.

Porque esa cosa merece créditos propios.

Hig utiliza constantemente una avioneta para recorrer grandes distancias y buscar recursos, personas y respuestas. El problema es que conforme avanza la película resulta cada vez más difícil no preguntarse:

¿Cómo sigue funcionando?

Estamos hablando de un vehículo delicado, viejo, utilizado constantemente en un mundo donde prácticamente no existe mantenimiento aeronáutico, y que además parece recorrer kilómetros y kilómetros sin que nadie se preocupe demasiado por algo tan insignificante como… la gasolina.

Sí, sabemos que probablemente hay una explicación dentro de la historia.

Pero la película no parece particularmente interesada en dárnosla.

Y aunque puede parecer un detalle menor, afecta la lógica interna de la película porque el combustible es precisamente uno de los recursos más importantes en un mundo postapocalíptico.

Aquí uno simplemente tiene que aceptar:

“Bueno, la avioneta necesita volar porque la historia necesita que vuele.”

Y seguir adelante.

Cuando la continuidad también sobrevive al apocalipsis

Hay además algunos pequeños errores de continuidad que resultan bastante curiosos.

No vale la pena explicar todos porque algunos podrían convertirse directamente en spoilers, pero hay situaciones en las que determinados objetos o elementos aparecen en lugares donde uno inevitablemente se pregunta:

“¿Y eso cuándo llegó ahí?”

Incluso existe un momento particularmente llamativo en el que el protagonista llega a determinados sitios prácticamente con las manos vacías, mientras que posteriormente aparece con algo destinado a un lugar especialmente importante para él, sin que la película explique realmente cómo ocurrió ese traslado.

No es algo que destruya la película, pero sí genera esos pequeños cortocircuitos cerebrales que aparecen cuando el espectador empieza a revisar la continuidad en lugar de dejarse llevar por la historia.

Sobrevivir no es lo mismo que vivir

Pero debajo de todas esas inconsistencias hay una historia mucho más íntima.

Hig no está buscando únicamente sobrevivir.

Está buscando continuar.

Después de perder prácticamente todo, su objetivo comienza a transformarse en una búsqueda de felicidad. Quiere encontrar una razón para seguir avanzando, algo que le permita imaginar que todavía existe un futuro.

Y aquí aparece una de las ideas más interesantes de la película:

la felicidad que Hig está buscando quizá ya estaba ahí.

No necesitaba necesariamente encontrar un nuevo mundo.

Necesitaba algo, o alguien, que complementara el que todavía tenía.

Ese planteamiento convierte a The Dog Stars en algo más que otra película sobre sobrevivientes disparándole a gente en medio de un bosque.

En el fondo, es una historia sobre soledad, duelo, compañía y la necesidad humana de encontrar un motivo para continuar.

Los que menos tienen parecen tener más suerte

Uno de los elementos que más llama la atención es la comunidad menonita.

En un mundo donde algunos grupos parecen haberse preparado para el apocalipsis acumulando armas, recursos y mecanismos de defensa, esta comunidad sobrevive con recursos mucho más básicos.

Y, curiosamente, resulta ser una de las menos perjudicadas.

¿Por qué?

Bueno…

Solo Peter Heller, el guionista y Ridley Scott lo saben.

La película parece sugerir que la autosuficiencia, la cooperación y una estructura comunitaria pueden resultar más útiles que estar literalmente armados hasta los dientes.

Es una idea interesante, aunque el filme no siempre la desarrolla con la profundidad suficiente para que la conclusión resulte completamente satisfactoria.

Un mundo destruido que todavía tiene cosas que contar

Visualmente, sin embargo, La Guerra de los Últimos tiene una de sus mayores fortalezas en los VFX y la construcción de su mundo.

La distopía no se limita a poner edificios destruidos detrás de los personajes.

Hay detalles, objetos, instalaciones, vehículos y espacios que ayudan a explicar qué ocurrió antes y qué está ocurriendo ahora.

El mundo tiene una historia.

Y eso es importante porque, en una película donde prácticamente todo está destruido, los detalles terminan contando tanto como los diálogos.

Los efectos visuales ayudan a construir esa sensación de estar viendo los restos de una civilización que alguna vez funcionó perfectamente.

Y quizá esa sea una de las imágenes más inquietantes de toda la película: no estamos viendo un mundo inexistente, sino uno que existió y dejó de pertenecernos.

El romance que necesitaba un poco más de oxígeno

Donde la película tropieza nuevamente es en su componente romántico.

La relación que se desarrolla dentro de la historia tiene importancia para el viaje emocional de Hig, pero el problema es que no siempre se siente suficientemente construida.

El momento romántico llega y uno entiende hacia dónde quiere llevarnos la película, pero falta un poco más de desarrollo para que realmente podamos sentir esa conexión con el mismo peso que tiene para el protagonista.

No es que la relación esté mal planteada.

Es que parece que la película tiene prisa.

Y cuando una historia quiere convertir a una persona en una de las razones fundamentales por las que alguien decide volver a vivir, necesitamos sentir esa relación, no solamente entenderla.

Pero cuando llega la acción…

Aquí la película cambia completamente de personalidad.

Porque pese a sus errores, los momentos de acción tienen una energía bastante efectiva.

Hay persecuciones, violencia, tensión, suspenso y algunos momentos de gore que llegan a elevar considerablemente la adrenalina.

La película sabe jugar con esa sensación de incertidumbre en la que uno nunca está completamente seguro de qué va a aparecer detrás de la siguiente puerta, en el siguiente bosque o después de determinada transmisión.

Y entonces ocurre.

Sangre.

Violencia.

Gritos.

Disparos.

Y uno termina pensando:

“¿Qué carambas estoy viendo?”

Pero justamente ahí está parte del encanto.

Porque La Guerra de los Últimos puede ser contemplativa durante largos periodos, pero cuando decide apretar el acelerador sabe hacerlo.

La Guerra de los Últimos está lejos de ser una película perfecta, su lógica interna tiene algunos agujeros, la avioneta parece tener combustible infinito, existen errores de continuidad bastante evidentes y el romance habría necesitado mucho más desarrollo, pero reducirla a esos problemas sería perderse lo más interesante.

Porque debajo de su estética postapocalíptica y de esa mezcla de Soy Leyenda, Mad Max y Guerra Mundial Z, existe una película que habla sobre algo mucho más humano. ¿Qué hacemos cuando sobrevivir deja de ser suficiente?

La película plantea distintas respuestas. Algunos construyen comunidades. Otros acumulan armas. Otros se entregan a sus instintos. Otros intentan recuperar aquello que perdieron.

Y Hig elige buscar algo que todos necesitamos incluso cuando el mundo funciona: una razón para levantarnos al día siguiente.

Quizá por eso The Dog Stars funciona mejor cuando deja de intentar explicarnos cómo sobrevivir al apocalipsis y comienza a preguntarnos por qué querríamos hacerlo.

Porque al final, sobrevivir puede mantenerte con vida, pero encontrar a alguien, algo o algún lugar que te haga querer seguir adelante… eso es lo que realmente convierte la supervivencia en vida.

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Hugo Gava

Creador libre de etiquetas, todologo de tiempo completo. Así como me encuentras en el cine disfrutando de una buena película me puedes encontrar en un concierto o festival de música. Haciendo historia #ALoLoco