Después de Déficit y Chicuarotes, Gael García Bernal vuelve a sentarse en la silla de director con Hombre al agua, una película que llegó al Festival Internacional de Cine de Venecia 2026 dentro de la sección Venice Spotlight y que posteriormente aterrizó en las salas mexicanas el 24 de septiembre. La cinta, escrita por García Bernal junto a Mariano Pensotti, también lo coloca frente a la cámara como Camilo, un salvavidas cubano cuya vida cambia después de rescatar de ahogarse a Abel, un poderoso empresario mexicano interpretado por Jorge Salinas.
A partir de ese encuentro, Abel lleva a Camilo a México, donde termina formando una familia con Juana, interpretada por Esmeralda Pimentel. Lo que inicialmente parece una historia de oportunidades, amor y casualidades termina revelándose como algo mucho más oscuro: un juego de manipulación y control donde las relaciones humanas también pueden convertirse en instrumentos de poder. El reparto se completa con Ricky Martin, Natalia Oreiro, Débora Nascimento, Manuel García-Rulfo, Anna Díaz, Ezequiel Díaz y Jerry Velázquez, entre otros.
Y quizá desde ahí aparece una de las primeras cosas curiosas de Hombre al agua: prácticamente todo su elenco principal es latino, pero varios personajes tienen que asumir nacionalidades y acentos distintos. Gael García Bernal interpreta a un cubano, mientras otros personajes pertenecen a diferentes lugares de Latinoamérica. Es una decisión que puede resultar desconcertante, especialmente considerando que buena parte de la película está situada en Yucatán. Uno termina preguntándose si no habría sido más sencillo buscar actores y actrices originarios de Mérida o incluso un actor cubano para interpretar a Camilo. ¿Fue una decisión artística, de producción o simplemente una cuestión de casting y presupuesto? La película no parece demasiado interesada en responderlo, pero la pregunta permanece flotando.
Lo interesante es que Hombre al agua no pretende comportarse como un melodrama convencional. Tiene una teatralidad bastante marcada y, en lugar de esconderla, la convierte en parte de su lenguaje. Los personajes parecen habitar una especie de escenario artificial donde las emociones, las relaciones familiares y las dinámicas de poder adquieren dimensiones casi exageradas. Es melodrama, sí, pero uno que parece consciente de estar representando un melodrama.
Y ahí es donde la película empieza a volverse especialmente divertida.
Porque Hombre al agua también parece volarse de sí misma. Su sátira apunta hacia las producciones mexicanas protagonizadas por élites, familias adineradas y personajes que viven en una burbuja donde todo puede comprarse, manipularse o acomodarse para que la realidad termine funcionando a su conveniencia. La película exagera estas dinámicas hasta convertirlas casi en caricatura, pero debajo del humor existe una crítica bastante clara a la manera en que el poder económico construye su propia versión de la realidad.
Aunque, paradójicamente, la cinta tampoco escapa completamente de los clichés que está intentando cuestionar.
Uno de los más evidentes está en la representación de las clases sociales. Como sucede en tantas películas mexicanas protagonizadas por personas blancas y adineradas, los personajes que sirven, atienden o representan a la clase trabajadora suelen ser interpretados por personas morenas. La película parece querer cuestionar las jerarquías sociales mientras reproduce, en algunos momentos, la misma composición visual que forma parte de esas jerarquías. Es una contradicción difícil de ignorar.
Sin embargo, hay algo particularmente atractivo en que esta historia se desarrolle desde el sureste mexicano. Hombre al agua se aleja del imaginario chilango que tantas veces domina las representaciones de México en el cine nacional para trasladar sus obsesiones de clase, poder y familia hacia Yucatán. Las playas de Sisal, las haciendas y las calles del Centro Histórico de Mérida no funcionan únicamente como fondo, sino como parte fundamental de la identidad visual de la película.
Es, en cierto sentido, volver a encontrarnos con los mismos vicios sociales del país, pero ahora con otro acento.
Y eso también modifica la experiencia. La película encuentra una forma peculiar de representar la convivencia entre arquitectura y naturaleza mexicana, particularmente a través de unas locaciones que pueden sentirse casi irreales. Hay algo exuberante en esos espacios: las construcciones, la vegetación, el mar y las enormes propiedades terminan formando un ecosistema donde la belleza también parece esconder algo.
La fotografía de Fabrizio La Palombara juega muchísimo con esa sensación. Muchas veces observamos a los personajes como si fuéramos espías: desde puertas, ventanas, rincones o perspectivas parcialmente ocultas. La cámara parece espiarlos antes de permitirnos acompañarlos. Pero cuando la historia necesita que dejemos de observar desde la distancia, la película también coloca la mirada directamente en el centro de la acción. Esa alternancia entre voyeurismo y primera persona contribuye a que el espectador nunca termine de sentirse completamente seguro dentro de los espacios que habita la historia.
Y aquí es donde resulta inevitable pensar en Get Out.
No porque Hombre al agua sea una película de terror ni porque ambas historias planteen exactamente lo mismo, sino porque comparten una estructura particularmente interesante: una persona de una posición social más vulnerable llega al mundo de una familia de mayor poder económico, aparentemente es recibida con los brazos abiertos y, poco a poco, comienza a descubrir que algo no está bien. Después aparece otra persona de una posición similar que funciona como advertencia y, a partir de ahí, la realidad comienza a deformarse.
Pero mientras Jordan Peele utiliza el horror para hablar sobre raza y apropiación, Gael García Bernal utiliza el melodrama, la sátira y una buena dosis de psicodelia para hablar sobre clase, poder y las relaciones que construimos cuando todos parecen estar intentando obtener algo de los demás.
De hecho, una de las frases que mejor resume la película es: “Si no puedes con la realidad, conviértela en ficción.”
Porque eso es justamente lo que hacen muchos de sus personajes. Inventan relatos, manipulan percepciones y convierten sus propias vidas en una especie de puesta en escena. La ficción deja de ser una herramienta artística para convertirse también en una herramienta de supervivencia y control.
Y debajo de todo eso aparece otra idea todavía más incómoda: “Todo mundo busca beneficiarse de los demás y lo que importa es quién lo hace mejor.”
Es probablemente una de las claves para entender la película. Aquí prácticamente nadie está completamente libre de intereses. El amor, la familia, el trabajo, la amistad y hasta la solidaridad pueden convertirse en monedas de cambio.
Por eso Hombre al agua resulta más interesante cuando deja de intentar ser una película sobre un hombre que descubre una conspiración y empieza a funcionar como una sátira de las relaciones de poder. Su verdadero escenario no es únicamente Yucatán, sino una sociedad donde las personas constantemente negocian cuánto pueden obtener de los demás y cuánto están dispuestas a entregar para conseguirlo.
Quizá ahí está también su mayor virtud y su mayor contradicción. Hombre al agua quiere burlarse de los mecanismos del melodrama mexicano, de las familias de élite, de las diferencias de clase y de esa costumbre nacional de convertir la realidad en espectáculo. Pero para hacerlo necesita utilizar algunos de los mismos códigos que está cuestionando.
Y eso la hace una película imperfecta, pero bastante peculiar.
Gael García Bernal construye un universo donde el melodrama se vuelve teatral, la sátira se vuelve psicodélica y el paisaje mexicano adquiere una personalidad propia. Es una película que puede provocar preguntas sobre sus decisiones de casting, sus representaciones de clase y sus propios clichés, pero que también demuestra una voluntad clara de experimentar con la forma.
Hombre al agua termina siendo una especie de cuento de poder disfrazado de melodrama familiar: una historia donde nadie está exactamente donde parece estar y donde la realidad puede modificarse dependiendo de quién tenga el control del relato.
Porque quizá, al final, todos estamos dentro del mismo escenario. La diferencia está en quién escribió el guion.
