Alejandro González Iñárritu vuelve al cine en inglés después de El renacido con Digger, una comedia negra de 128 minutos que coloca a Tom Cruise en un terreno completamente distinto al que suele habitar: el de Digger Rockwell, un multimillonario petrolero, extravagante y profundamente convencido de que puede controlar absolutamente todo.
El reparto reúne a Cruise con Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemons, Emma D’Arcy, Sophie Wilde, Burn Gorman y Robert John Burke, además de la mexicana Mercedes Hernández, quien interpreta a la ama de llaves de Digger. El guion fue escrito por Iñárritu junto con Sabina Berman, Alexander Dinelaris y Nicolás Giacobone, mientras que Emmanuel Lubezki vuelve a trabajar con el director en la fotografía.
La película cuenta cómo una decisión vinculada al imperio petrolero de Digger desencadena una catástrofe ambiental de dimensiones globales. A partir de ahí, el hombre responsable del desastre emprende una misión frenética para convencer al mundo de que él puede convertirse en su salvador. Es decir: primero provoca el incendio y después quiere aparecer en televisión con la manguera.
Y ahí está una de las grandes virtudes de Digger: Iñárritu no está hablando únicamente de Estados Unidos. Está hablando de todo aquello que las sociedades modernas preferimos no reconocer. La película pone frente al espejo nuestra dependencia de los combustibles fósiles, nuestra incapacidad para aceptar los límites del planeta y la absurda contradicción de intentar salvar un mundo que seguimos destruyendo para mantener funcionando el mismo sistema que lo está llevando al límite.
La ironía es brutal: tenemos un planeta que se está acabando y seguimos comportándonos como si el problema fuera encontrar nuevas formas de extraerle todavía más cosas.
Digger representa precisamente esa mentalidad. Su principal preocupación no parece ser detener la catástrofe, sino controlar la narrativa alrededor de ella. Y ahí la película lanza una indirecta bastante poco indirecta hacia las élites multimillonarias: cuando el dinero, la influencia y el ego se convierten en las principales unidades de medida, incluso una tragedia planetaria puede transformarse en una oportunidad de relaciones públicas.
Pero Iñárritu no convierte Digger en un sermón ambiental convencional. La película juega constantemente con la teatralidad, hasta convertir la propia historia en una especie de espectáculo dentro del espectáculo. Hay momentos en los que parece que estamos viendo el drama principal y otros en los que la película abre una puerta hacia una realidad alternativa, como si el escenario pudiera modificar aquello que acabamos de presenciar.
Ese recurso también permite que Digger se mueva más hacia lo surreal que hacia el drama tradicional. No todo busca ser realista. Algunas situaciones parecen deliberadamente construidas como una representación, porque el propio concepto de la película parte de una idea casi absurda: ¿qué pasaría si uno de los responsables de una catástrofe mundial intentara convertirse en el héroe de esa misma catástrofe?
Visualmente, uno de los elementos más interesantes es la luz, que prácticamente funciona como otro personaje. Los colores no están ahí únicamente para hacer que cada plano se vea bonito. Cada tonalidad parece tener una intención emocional y narrativa, desde los blancos clínicos hasta los rojos asociados con momentos de crisis.
Hay una escena particularmente clara en la que Iñárritu utiliza la fotografía para explicar quién tiene el poder sin necesidad de decirlo.
El espacio institucional está dominado por verdes menta, verdes oliva deslavados y grises fríos. Todo se siente burocrático, rígido y artificialmente tranquilo. Es una arquitectura que parece haber perdido cualquier rastro de humanidad. Frente a ella aparece Digger vestido en tonos vino y borgoña, convirtiéndose prácticamente en el único elemento cálido y saturado de la composición.
El contraste hace que el personaje parezca invadir visualmente la institución. Su traje representa extravagancia, ego y teatralidad, mientras que los funcionarios y espectadores, vestidos con tonos neutros, prácticamente desaparecen dentro del edificio. La multitud se convierte en una masa homogénea y subordinada al espectáculo del personaje central.
Y encima de todos ellos está una iluminación blanca, cenital e hiperrealista que elimina casi por completo las sombras. La escena queda expuesta con una claridad casi clínica, haciendo que lo absurdo de la situación sea todavía más evidente.
Es una de esas decisiones visuales que demuestran que Digger quiere contar parte de su historia con imágenes antes que con diálogos.
Ahora bien, no todo funciona con la misma precisión.
El inicio es particularmente lento. Muy lento. Los primeros 20 minutos parecen estar proyectados a -2x. La película se toma demasiado tiempo para establecer su mundo y sus personajes, cuando probablemente habría ganado mucho con una entrada más agresiva al conflicto. La calma inicial tiene una intención, sí, pero también puede sentirse como si la película estuviera esperando a que nosotros lleguemos a donde ella ya está.
Y, curiosamente, toda la película podría resumirse en un solo personaje que casi funciona como una pequeña bomba temática: Maggie, la gata de Digger.
Maggie está prácticamente decrépita, al borde de la muerte, pero Digger se comporta como si aquello no estuviera ocurriendo. La situación es tan absurda que termina siendo una de las metáforas más claras de toda la película.
Digger se niega a aceptar que su gato está muriendo de la misma manera en que se niega a aceptar el deterioro del mundo que lo rodea. No quiere reconocer aquello que inevitablemente está frente a sus ojos.
Y todavía hay algo más incómodo: puede ser extremadamente cariñoso con Maggie. La alimenta, la cuida, mantiene sus rutinas y le dedica una cantidad enorme de atención. Sin embargo, frente a las consecuencias humanas y ambientales de sus negocios puede mostrarse completamente frío.
Es una representación bastante cruel de la empatía selectiva.
También existe una lectura relacionada con el control. Para alguien acostumbrado a conseguir prácticamente todo lo que quiere, aceptar que su gato está muriendo significa aceptar algo que ni siquiera su dinero puede detener: el tiempo, la biología y la muerte.
Mantener a Maggie funcionando, aunque sea por pura negación, es otra forma de mantener la fantasía de que Digger todavía tiene el control.
Y quizá por eso el personaje resulta tan interesante: no necesita ser un villano tradicional. Es alguien que está convencido de que puede solucionar cualquier cosa porque durante toda su vida probablemente ha podido comprar, manipular o modificar casi todo.
Hasta que llega un problema que no acepta dinero.
La película también se permite burlarse directamente de la manera en que Estados Unidos suele responder a las crisis: si algo no puede solucionarse, quizá podamos bombardearlo.
La actividad militar aparece como una respuesta casi automática ante una situación que requiere cooperación, ciencia y cambios estructurales. Iñárritu lleva esa lógica hasta lo absurdo para evidenciar la distancia entre intentar comprender un problema y simplemente reaccionar contra él.
Y aunque Digger es una película estadounidense en idioma inglés, hay algo profundamente mexicano en su construcción.
Iñárritu incorpora a Mercedes Hernández al reparto y al guion se suma Sabina Berman, además de que la película incluye líneas en español. Hernández, ganadora del Ariel por Sin señas particulares, interpreta a una trabajadora mexicana dentro del universo de este multimillonario estadounidense.
No es necesariamente una declaración explícita de identidad, pero sí existe una sensación de: esta película puede estar hablando desde Hollywood, pero quien está detrás de la cámara sigue siendo mexicano.
Y finalmente está la lectura pandémica.
La estructura de Digger puede recordar inevitablemente a los años de COVID-19: una amenaza que inicialmente parece distante, autoridades intentando controlar la narrativa, población enfrentándose a una crisis que escala, mascarillas, medidas de emergencia, caos institucional y, sobre todo, una discusión constante sobre la causa y la solución.
Pero Iñárritu lleva esa memoria hacia otro lugar. La pandemia fue una advertencia de lo rápido que una crisis puede alterar la vida cotidiana. Digger plantea una amenaza todavía más grande: ¿qué sucede si seguimos explotando los recursos del planeta, particularmente los mantos polares, como si fueran infinitos?
La respuesta de la película es deliberadamente exagerada, absurda y teatral.
Y quizá ahí está su mayor acierto.
Digger no pretende ser una película cómoda. A veces tampoco pretende ser una película particularmente divertida, a pesar de estar construida como comedia negra. Su humor nace muchas veces de observar cómo personas extremadamente poderosas reaccionan de manera completamente irracional ante problemas que ellas mismas ayudaron a crear.
Es una película sobre petróleo, dinero, ego, poder, propaganda, instituciones y cambio climático, pero también sobre algo mucho más sencillo: la incapacidad humana para aceptar que existen cosas que no podemos controlar.
Su ritmo irregular y algunas decisiones narrativas pueden hacer que la experiencia se sienta más fría de lo que debería, pero visualmente es una de las propuestas más particulares de Iñárritu. La fotografía de Emmanuel Lubezki, la teatralidad y el uso expresivo del color construyen un mundo donde todo parece estar a punto de convertirse en escenario.
Y en medio de ese escenario está Digger, intentando convencernos de que es el héroe de una tragedia que él mismo ayudó a provocar.
Quizá la verdadera broma de la película sea esa: el mundo puede estar llegando a su fin, pero siempre habrá alguien intentando convertirse en protagonista de la conferencia de prensa.
«La DESobediencia, es libertad»
