Sirat: Trance en el desierto es, ante todo, una película sobre hasta dónde puede estirarse el amor de un padre antes de romperse. La búsqueda de una hija desaparecida no se plantea como una misión heroica, sino como una caminata obstinada hacia algo que quizá sería más fácil no encontrar. El padre avanza no por certeza, sino por necesidad, como si detenerse fuera peor que cualquier verdad al final del camino.
La travesía se siente como una road movie árida y salvaje, casi una versión existencial de Mad Max, donde el desierto no es solo un paisaje sino un estado mental. Todo es polvo, ruido, calor y cuerpos avanzando sin rumbo claro, persiguiendo una promesa borrosa. No hay épica clásica, solo desgaste. Cada kilómetro parece preguntarle al espectador si realmente quiere seguir acompañando esta búsqueda.
Visualmente, la decisión de rodar en formato analógico funciona como un ancla emocional. La textura granulada, los colores terrosos y la imperfección de la imagen dialogan muy bien con el cine de arte y con la idea de un mundo fuera del tiempo. Hay belleza real en muchos encuadres, postales duras pero hipnóticas, aunque esa misma contemplación termina volviéndose excesiva.
Porque aunque su duración es promedio, la película se siente larguísima. Hay momentos donde el ritmo se vuelve tan pesado que parece poner a prueba la paciencia del espectador a propósito, como si el cansancio fuera parte del experimento. A ratos lo logra; en otros, simplemente abruma.
Uno de los puntos más cuestionables es la representación del rave de trance y psytrance, mostrado casi exclusivamente como un espacio de drogadicción, alcoholismo y perdición. La película cae en una mirada reduccionista, insinuando que todo aquel que asiste a estos eventos está escapando o autodestruyéndose, cuando la realidad de estas comunidades es mucho más diversa. Esa lectura se siente innecesaria y, en cierto modo, prejuiciosa.
El relato tampoco deja claro en qué contexto social o histórico se sitúa. Esa ambigüedad parece buscar una atemporalidad simbólica, pero termina generando confusión. No saber qué reglas rigen ese mundo, qué tan real o alegórico es lo que ocurre, provoca que algunas decisiones narrativas se sientan arbitrarias.
Los últimos 30 minutos dan un giro inesperado hacia el terror, con escenas y efectos que rompen la lógica previa y desafían la realidad de forma brutal y explosiva. Es una sección poderosa, inquietante, incluso fascinante, donde la película finalmente se arriesga sin miedo y deja imágenes difíciles de sacudir.
Lamentablemente, todo desemboca en un final muy débil. No por ser abierto, sino por sentirse incompleto. Cierra con más preguntas que reflexiones, como si el relato se detuviera antes de encontrar su verdadero punto final, dejando la sensación de que algo importante quedó sin decir.
Aun así, Sirat logra algo valioso: te obliga a preguntarte hasta dónde llegarías tú. Qué estarías dispuesto a perder, a sacrificar o a romper por encontrar a alguien o algo, incluso si tu propia vida dependiera de ello. No es una película cómoda ni complaciente, pero sí una experiencia que se queda rondando, como arena en los zapatos, mucho después de que termina.
