Desde que Star Wars: The Rise of Skywalker llegó a los cines en 2019, la galaxia de Star Wars había permanecido atrapada en el streaming, refugiándose principalmente en Disney+ mientras el fandom debatía entre nostalgia, cansancio y esperanza. Pasaron casi siete años sin una nueva película live-action de la franquicia en pantalla grande, así que The Mandalorian & Grogu no solo tenía la tarea de continuar la historia de Din Djarin y Grogu, también cargaba sobre sus hombros la misión de demostrar que Lucasfilm todavía puede producir cine-evento capaz de emocionar a millones. Y la realidad es que, con varios detalles cuestionables en el camino, sí lo consigue.
Dirigida por Jon Favreau y escrita junto a Dave Filoni, la película funciona como una extensión directa del universo construido en la serie The Mandalorian. Regresan Pedro Pascal como Din Djarin, mientras que Grogu vuelve a convertirse en el corazón absoluto de la historia. También aparecen Sigourney Weaver y Jeremy Allen White, este último prestando voz a un nuevo personaje ligado al inframundo criminal de la galaxia.
La trama sigue a Mando y Grogu durante una misión relacionada con Rotta, el hijo de Jabba the Hutt, quien ahora intenta deslindarse del legado criminal de su familia mientras diferentes facciones buscan usarlo como pieza política. Y justo ahí aparece uno de los mensajes más interesantes de toda la película: el hecho de que los hijos no necesariamente están condenados a repetir los errores de sus padres. Rotta termina convirtiéndose en un reflejo bastante humano pese a ser literalmente un enorme alien baboso espacial. La película insiste constantemente en que el legado pesa, sí, pero no define por completo quién eres. Una idea sencilla, aunque inesperadamente emotiva para una franquicia llena de linajes malditos, dinastías galácticas y apellidos que parecen venir con destino prefabricado.
También hay algo que se siente clarísimo desde los primeros minutos: Lucasfilm quiere volver a recordarle al mundo por qué durante décadas fue considerada una de las productoras más importantes del planeta. Hay secuencias gigantescas, criaturas prácticas por todos lados, fotografía muy cuidada y un nivel de producción que rara vez se siente improvisado o apresurado. La película recupera esa sensación artesanal que tenían varias cintas ochenteras de fantasía y ciencia ficción. Por momentos parece que estás viendo una mezcla entre Gremlins, Labyrinth y The Dark Crystal gracias a la enorme cantidad de animatronics, marionetas, criaturas físicas y personajes alienígenas extrañísimos que llenan la pantalla. La galaxia vuelve a sentirse viva, sucia, rara y tangible, no solamente hecha de pantallas verdes y renders perfectitos.
Eso sí, entrar a verla con expectativas equivocadas podría jugarle en contra a mucha gente. Lo mejor es acercarse desde una postura neutral. Esta no es una película construida alrededor de cameos gigantes ni de sacar personajes legendarios cada veinte minutos para provocar aplausos automáticos. Más allá de Mando y Grogu, no hay una lluvia de figuras icónicas del pasado. Claro que existen referencias al universo de Star Wars, guiños, menciones y pequeños detalles para fans de hueso colorado, pero funcionan más como fan service ligero o incluso como piezas que preparan el terreno para el futuro de la franquicia, no como requisitos indispensables para entender la historia.
Y hablando de protagonistas: Grogu termina robándose completamente la película. Sí, Mando sigue siendo importantísimo, pero emocionalmente todo gira alrededor del pequeño caos verde espacial. Aquí ya no es solamente “el bebé tierno”. Grogu toma decisiones, actúa con independencia y logra conectar con el espectador de una forma muy genuina. Hay escenas donde literalmente no dice una sola palabra y aun así transmite miedo, alegría, tristeza o curiosidad con una facilidad impresionante. Su presencia funciona porque la película entiende algo básico del cine emocional: a veces mirar importa más que hablar.
En ese sentido, la relación entre Din y Grogu es la verdadera tesis de toda la cinta. Más allá de las persecuciones, los disparos y los conflictos galácticos, la historia habla sobre la relación entre padres e hijos. Sobre entender que los padres no son eternos y que tarde o temprano tendremos que aprender a caminar solos. Pero mientras ese momento llega, hay que aprovechar el tiempo, disfrutarlo y valorar cada segundo posible junto a ellos. Varias escenas pegan sorprendentemente fuerte desde esa perspectiva. Incluso podría decirse, medio en broma y medio en serio, que no es precisamente una película recomendable para personas con daddy issues porque hay momentos que sí raspan emocionalmente como papel de lija intergaláctico.
Otra de las cosas más interesantes es cómo la película demuestra algo que Charlie Chaplin entendió hace muchísimo tiempo: no necesitas llenar todo de diálogos para comunicar emociones reales. Pedro Pascal logra transmitir frustración, preocupación, tristeza y hasta ternura sin mostrar jamás el rostro completo. El casco nunca se convierte en obstáculo. Y Grogu, sin hablar, consigue enternecer, emocionar y hasta sacar lágrimas en varios momentos únicamente mediante lenguaje visual y pequeños gestos. Hay secuencias donde el silencio pesa muchísimo más que cualquier discurso heroico.
Además, el ritmo juega bastante a su favor. La película dura lo suficiente para sentirse grande, pero jamás pesada. El tiempo se va rapidísimo. Literalmente se escurre como agua entre los dedos. Aunque curiosamente, si ya viste varias temporadas de The Mandalorian, probablemente sentirás que estás viendo un episodio extremadamente largo o incluso varios capítulos unidos en una sola experiencia cinematográfica. Eso no necesariamente es malo, pero sí provoca que por momentos cueste diferenciar dónde termina “la serie” y dónde empieza realmente “la película”.
Desafortunadamente, no todo funciona perfecto. El conflicto principal se siente resuelto a medias. La sensación final es muy de “sí derrotamos esta amenaza… pero queda pendiente todo esto otro”. Claramente deja puertas abiertas para futuras películas y series, aunque eso también provoca que el clímax no alcance toda la épica que pudo haber tenido. El cierre necesitaba un golpe emocional o visual más contundente.
También hay cierta confusión alrededor de quién es realmente el gran villano de la historia. Nunca termina de quedar completamente claro si el verdadero antagonista es el nuevo cazarrecompensas que persigue a los protagonistas o los familiares de Rotta moviendo los hilos detrás del caos criminal. Y aunque eso añade ambigüedad interesante en algunos momentos, también le resta fuerza al conflicto central.
Por otro lado, el personaje de Sigourney Weaver termina sintiéndose bastante desperdiciado. Su presencia pesa muchísimo por el simple hecho de verla en Star Wars, pero sus apariciones son demasiado breves y en ocasiones rozan el cameo glorificado. Da la impresión de que había potencial para muchísimo más.
Y aun así, pese a sus tropiezos, The Mandalorian & Grogu consigue algo importantísimo: vuelve a hacer sentir a Star Wars como una aventura cinematográfica cálida, rara, divertida y emocional. No intenta reinventar la galaxia ni convertirse en la película más compleja de la saga. Lo que hace es recordarte por qué alguna vez nos enamoramos de este universo: por sus criaturas imposibles, sus relaciones humanas escondidas detrás de cascos y aliens, y esa capacidad casi infantil de hacernos mirar el espacio con ojos enormes otra vez.
Tal vez no tenga el final más explosivo ni el villano más memorable, pero sí tiene corazón. Y a veces eso vale muchísimo más que cualquier sable láser encendido.
