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Michael: Una biopic que baila entre el tributo y la parodia

La esperada biopic sobre Michael Jackson, titulada Michael, llega envuelta en un aura casi mitológica. Dirigida por Antoine Fuqua (conocido por su pulso intenso en historias como Training Day) la cinta promete recorrer la vida del Rey del Pop desde sus primeros pasos en The Jackson 5 hasta su consolidación como ícono global. Un dato que la vuelve magnética desde el casting: el protagonista es Jaafar Jackson, sobrino directo de Michael, lo que añade una capa de “herencia genética performativa” difícil de ignorar.

El rodaje se extendió por varios meses entre 2023 y 2024, con recreaciones ambiciosas de escenarios clave como presentaciones televisivas, giras y momentos íntimos. Se habló de una producción meticulosa, con acceso al catálogo musical y aprobación del estate de Jackson, lo que en teoría abría la puerta a una narrativa “oficial”. Sin embargo, como suele pasar cuando la leyenda se vuelve guion, la realidad termina bailando con la ficción… y no siempre al mismo ritmo.

Desde el primer acto, la película deja claro que juega en el terreno visual que Fuqua domina: encuadres estilizados, iluminación contrastante y una composición que privilegia el dramatismo sobre la sutileza. Es reconocible, sí… pero también predecible. Hay momentos donde la estética parece más preocupada por verse “intensa” que por dejar respirar la historia.

El diseño sonoro, por otro lado, se siente como una avalancha. No sé si fue la sala, pero el audio parece querer romper bocinas más que emocionar. Cada golpe de batería, cada grito del público, cada nota… todo compite por ser lo más fuerte en la habitación. Es espectáculo, pero también saturación.

Narrativamente, el inicio de la vida de Michael se cuenta a toda prisa, como si alguien estuviera hojeando su infancia en modo fast-forward. Se mencionan eventos clave sin detenerse en ellos, dejando huecos que pesan más de lo que deberían. Y hablando de ausencias… la familia Jackson aparece incompleta. De los diez hermanos, solo vemos a seis. No es que los otros estén “de fondo” o insinuados: simplemente no existen en esta versión. Es un borrado extraño, casi incómodo.

La figura del padre vuelve a caer en el arquetipo clásico del villano absoluto. El cine parece incapaz de resistirse a esa narrativa: el padre como origen de todo trauma. Puede que haya verdad ahí, pero la película lo presenta con una falta de matices que lo vuelve más símbolo que persona.

Curiosamente, pese a contar con la aprobación de la familia, la película no se siente como una historia contada por ellos. Más bien parece una interpretación externa, adornada, dramatizada, quizá incluso exagerada. Hay una desconexión rara entre lo que se supone es “oficial” y lo que se percibe en pantalla.

Y luego está el tono. Porque más que una biopic, por momentos roza la parodia involuntaria. Algunas escenas, en su intento de ser grandiosas, terminan sintiéndose artificiales. Los colores, excesivamente saturados, convierten ciertos momentos en postales brillantes que se alejan de cualquier sensación de realidad.

También hay decisiones narrativas que levantan cejas. Varias situaciones generan dudas sobre su veracidad o intención. Y la representación de Michael como una figura casi divina, perfecta, intocable… lo eleva tanto que lo deshumaniza. Más que un retrato, parece una canonización.

Resulta curioso que, teniendo acceso a tanto material, no se utilice más archivo histórico real, especialmente en momentos como los Grammy Awards o sus apariciones televisivas. Eso habría aportado peso y autenticidad en lugar de recreaciones que, aunque cuidadas, no terminan de convencer.

La idea de una continuación también se siente… innecesaria. Como si dos horas no hubieran sido suficientes para construir este relato idealizado, y aún quedara más por “pulir” en la imagen del mito.

Finalmente, hay una representación de Michael que lo infantiliza en exceso, casi sugiriendo rasgos que nunca se exploran ni se explican. Esto, lejos de aportar profundidad, genera una sensación incómoda, como si no supieran bien cómo abordarlo.

En conclusión, Michael es una película que quiere ser un monumento, pero termina siendo más un espejo distorsionado: brillante, ruidoso y lleno de intención, pero con grietas evidentes. Entre la devoción y el espectáculo, la historia real queda atrapada en medio, tratando de hacerse escuchar entre los aplausos ensordecedores.

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Hugo Gava

Creador libre de etiquetas, todologo de tiempo completo. Así como me encuentras en el cine disfrutando de una buena película me puedes encontrar en un concierto o festival de música. Haciendo historia #ALoLoco