La tercera temporada de Euphoria llega como esa fiesta a la que todos siguen hablando años después… pero cuando finalmente vuelves, ya nada se siente exactamente igual. Han pasado varios años tanto dentro como fuera de la narrativa, con Sam Levinson nuevamente al mando, y un elenco liderado por Zendaya que regresa a un universo que ahora intenta madurar junto con sus personajes. La historia retoma la vida de Rue y compañía tras ese limbo emocional en el que los dejamos, pero con un salto temporal que los coloca más cerca de la adultez que de los pasillos de la preparatoria.
El primer episodio funciona más como un susurro inquietante que como un golpe contundente. Es un preámbulo que tantea el terreno, como si la serie misma dudara de su nueva identidad. A pesar del salto temporal, hay una desconexión curiosa: los personajes no aparentan haber envejecido lo suficiente como para justificar ese paso del tiempo. Es un detalle que no rompe la narrativa, pero sí la vuelve ligeramente artificial, como un filtro mal calibrado sobre una fotografía perfecta.
Narrativamente, el episodio decide jugar a lo seguro… o quizá a lo limitado. Aunque conocemos el elenco completo, la historia se concentra casi exclusivamente en Rue y en la dinámica tóxica entre Cassie y Nate. El resto del cast aparece como ecos lejanos o simplemente no aparece. Es una decisión que da foco, sí, pero también deja un vacío incómodo, como si el mundo de Euphoria de pronto se hubiera encogido sin previo aviso.
Y es que la serie no solo omite personajes: los borra. Aquellos que ya no forman parte del proyecto son tratados con una indiferencia casi quirúrgica. No hay despedidas, no hay explicaciones contundentes, apenas insinuaciones que se disuelven en el aire. Es un recurso frío que rompe con la intensidad emocional que siempre caracterizó a la serie, dejando una sensación de historia incompleta.
Visualmente, Euphoria sigue siendo un espectáculo… aunque uno que a veces se deleita demasiado en su propia oscuridad. Hay momentos donde la cámara se acerca de forma casi invasiva, con close-ups que cruzan la línea entre lo crudo y lo innecesariamente grotesco. La intención artística está ahí, pero en ciertos instantes se siente más como provocación que como narrativa.
Sin embargo, cuando la serie decide brillar, lo hace con una elegancia casi insultante. La fotografía es, sin exagerar, cine puro. Cada encuadre parece diseñado para colgarse en una galería, con una estética que combina lo íntimo con lo monumental. El uso de película de 35mm y 65mm de Kodak se traduce en una textura visual rica, casi táctil, que eleva incluso las escenas más simples a algo digno de contemplación.
Uno de los puntos más polémicos llega con el tratamiento del personaje de Angus Cloud. En lugar de ofrecer un cierre digno tras su ausencia, la serie opta por una solución ambigua: su personaje está en la cárcel. No hay despedida, no hay homenaje real, solo una puerta entreabierta que parece más una estrategia narrativa que un acto de respeto. Está, pero no está, como un fantasma que la serie no sabe cómo dejar ir.
En cuanto a la trama, Euphoria decide expandir su mirada hacia el mundo adulto, pero lo hace tocando temas delicados con una ligereza cuestionable. La inclusión del narcotráfico y el señalamiento hacia México y los inmigrantes como parte central del problema resulta no solo simplista, sino también incómodo considerando el contexto actual. Es una línea narrativa que parece más interesada en generar ruido que en ofrecer una reflexión profunda.
Este cambio de enfoque también relega la esencia original de la serie. Lo que antes era un retrato crudo de la adolescencia ahora se transforma en una historia de jóvenes adultos intentando sobrevivir al “mundo real”. No es necesariamente un error, pero sí un giro que altera el ADN de la serie, como si hubiera cambiado de piel sin terminar de adaptarse a ella.
En conjunto, este primer episodio de la tercera temporada de Euphoria se siente como un reinicio emocional que aún no encuentra su ritmo. Tiene destellos de grandeza visual, actuaciones sólidas y momentos de tensión que recuerdan por qué la serie se convirtió en un fenómeno. Pero también arrastra decisiones narrativas cuestionables, ausencias incómodas y un tono que por momentos parece más perdido que evolucionado. Si esto es solo el comienzo, queda claro que la temporada tiene mucho que demostrar… y también mucho que corregir.
