Alemania, país conocido por su cerveza, vida nocturna, los hechos históricos que todos conocemos y muchas cosas más, pero además de eso, también es el país que vio nacer a la banda de meta más legendaria no solo de nuestros tiempos, sino de la historia… Rammstein, cuya música a traspasado fronteras demostrando que no importa el idioma mientras tu música y tu forma de expresarla tengan un sello auténtico, banda que ha cantado en su idioma natal durante muchas décadas obligando a sus fans a aprender alemán.
Tras más de 10 años de su última presentación en tierra azteca, la banda conformada por Till Lindemann, Richard Z. Kruspe, Christoph Schneider, Oliver Riedel, Paul H. Landers y Christian Lorenz regresó a nuestro México lindo y querido para presentarse con un show que ha sidp catalogado como uno de los más grandes de los últimos años, un show que requirió de 7 aviones 747 para traer a nuestro continente toda la escenografía y maquinaria para que el show fuera posible; una escenografía de gran nivel que desde que entras sientes lo imponente de su torre central acompañada a los lados por cuatro espirales de luz que alumbran hasta el alma con un intensidad impresionante.
Llegadas las 7:30, el dúo francés Jatekok empezó a tocar en un micro escenario secundario presentándole al público algunas canciones que posiblemente agregaran a su playlist «canciones para el insomnio», y no me lo tomen a mal, son canciones buenas (para dormir, pero buenas) pero son instrumentales, nada que ver con el concepto que se manejaba está noche, y lo más curioso era que llevaban seis shows abriendo a Rammstein, no me imagino a la persona que las seleccionó pensando que será buena idea que abriera un duo de piano instrumental a una banda de metal, aún así los fans las recibieron como se merecían y las hicieron sentir en casa (como suele ser costumbre del público mexicano).
Exactamente a las 8:30, súper puntuales, llegó el momento que todo esperaban, Rammstein llegaba al escenario para reencontrarse con sus fans chilangos luego de 10 años y una pandemia, con un show el cual hizo vibrar a más de 65 mil personas, al grado en el que el suelo temblaba literalmente con los brincos de la gente, quienes cobraban una canción tras otra como si el alemán fuera su idioma natal. Un show lleno de luces fuego (mucho fuego) y pirotecnia hasta los huesos, trayendo a nuestro país un show nunca antes visto que requirió de mucho trabajo por parte de la producción para que se pudiera llevar a cabo.
Cabe destacar que antes de empezar sonaba un audio en el cual pedían que la gente se abstuviera de filmar, pero como suele ser costumbre, tal parece que les dijeron «tu graba todo aunque se vea súper feo» porque aunque si se veían menos teléfonos en lo alto, la idea no había sido tomada de la forma apropiada, por lo que es necesario empezar a aprender a escuchar indicaciones.
Tan imponente es la energía del público mexa, que la banda decidió filmar el concierto, y aunque no se sabe si solo será la primera de tres fechas, lo que si es un hecho es que el feeling que tiene un concierto en México no se compara con el de cualquier otro país. Se tenía que decir y se dijo.
Poco después de la primera mitad empezaba a sonar el intro de aquella canción que hasta los que no son fans conocen, «Du Hast», el tema más popular de la banda el cual llegaba con un show de pirotecnia magnífico que te hacía voltear de un lado al otro viendo como salía fuego y pirotecnia por todos lados, marcando así el momento con la mayor catarsis de la noche.
Chichis pa’ la banda
Pasadas tres cuadras partes de la noche, una frase que marco a una generación de rockeros y que hoy en día se mantenía vigente como un chiste, revivió de la forma menos inesperada al ver cómo algunas chicas que se proyectaban en la única pantalla del escenario empezaban a levantarse la blusa, top o cualquier prensa que cubriera sus pechos, remontándonos a aquellos conciertos de varios años atrás en los que el pudor no existía y lo único que importaba era alocarse un poco.
Este momento empezó como algo divertido e inesperado, son embargo, poco a poco se fue tornando incómodo al proyectar a más y más chicas como si se tratase de una obligación de ellas el quitarse la blusa, aún más cuando se veía que cambiaban a un varón y todo el público empezaba a abuchear ya que lo que ellos querían no era batos, sino chichis, chichis pa’la banda.
Dr. Simi imparable
Pese a las mil y una advertencias de que no se iba a permitir el ingreso de peluches al concierto, algunos fans consiguieron infiltrar algunos muñecos de Dr. Simi e incluso aventaron varios tanto al escenario como a una lancha en la que surfearon sobre el público. Tan solo en las lanchas se aventaron un total de seis peluches y déjame decirte que ninguno de ellos se lo iba a quedar la banda, al contrario, se los reparten entre los de limpieza y seguridad como un pequeño gran recuerdo del concierto, vaya, incluso desde el inicio pasaba un señor de limpieza por el área General A con un peluche en el hombro, posiblemente de algún otro concierto, diciendo «alguna basura o peluche de Dr. Simi que vaya aventar».
Los chavorrucos andan sueltos
Una cosa si es clara, y es que la banda tiene una fan base que ya no es nada joven (por lo menos no la mayoría) e incluso era evidente tanto en gradas como en zona de pie que muchos de los presentes habían vivido ya tres sismos. No obstante quedó claro que la música no tiene edad y aquellos que lograban poner más ambiente eran millenials y centenialls.
En conclusión, Rammstein regreso de forma triunfal a tierra azteca con un concepto único que fácilmente aparecerá entre los mejores conciertos de la decada